X Vuelta Náutica a Galicia (IV)

Muelle de Fisterra. © Ricardo Grobas
Fisterra es una localidad a la que la presión urbanística y turística no le ha restado un ápice de su condición netamente marinera. El puerto pesquero constituye un elocuente paseo en torno a la forma de vida tradicional de sus gentes. Los veleros en tránsito se abarloan a él en medio de los barcos de bajura que llegan por la tarde, descargan en la lonja –una actividad cotidiana que despierta tanta curiosidad entre los turistas que parece una función teatral– y salen temprano por la mañana. En los muelles, viejos marineros, gente joven y niños pequeños se instalan con sus cañas y sus cebos y pasan el rato pescando. Lo raro es que se vayan de vacío.
La zona portuaria presenta un aspecto remozado. Las viejas tabernas y bares de pescadores forman un conjunto arquitectónico homogéneo, con terrazas acristaladas y cubiertas, en consonancia con el edificio de la nueva lonja de pescadores –obra de los arquitectos Juan Creus y Covadonga Carrasco, galardonada con el premio Enor Galicia 2007– en torno a una amplia plaza.
Hoy por la mañana había mercadillo, y por ahí pululaban turistas –muchos extranjeros– y fisterranos picoteando camisetas y bolsos de marca.
Antes de abandonar Fisterra, nos dirigimos por mar hacia el cabo para divisar el famoso Cementerio del Fin del Mundo, obra del arquitecto César Portela, un conjunto de construcciones cúbicas admirado por profesionales y denostado por los fisterranos, que –dicen– no quieren ser enterrados ahí. La ubicación, sin embargo, parece bien apropiada… Pero en estas tierras la muerte tiene unos códigos muy arraigados.
Fondeo en Ézaro. © Ricardo Grobas
Mañana, en Corcubión, nos incorporamos a la Vuelta, así que hemos pasado la tarde fondeados en la playa de Ézaro (Dumbría). Ahí está la desembocadura del río Xallas, el único río de Europa que llega al mar en cascada. La presa de Santa Uxía retiene el agua, pero en períodos vacacionales, los fines de semana, se abren sus compuertas y se puede contemplar el espectáculo de la caída del agua desde una altura de 100 metros.
Llegada a Corcubión. © Ricardo Grobas
Nosotros hemos hecho una incursión río arriba a bordo de las neumáticas y tenido el privilegio de disfrutar de la poza que forman las negras paredes de piedra de la ladera de este Olimpo Celta que es el monte Pindo, un macizo granítico repleto de leyendas de tesoros, ritos y sacrificios, extraño lugar poblado de curiosas figuras labradas por la erosión.

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Edurne Baines
Soy periodista. Cofundadora y directora de la editorial Belagua. Trabajo en proyectos editoriales centrados en la comunicación turística de Galicia, y desarrollo tareas editoriales, de comunicación y de creación y gestión de contenidos para todo tipo de publicaciones. Soy navarra, vivo en Vigo y adoro Galicia.

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