XI Vuelta Náutica. Diario de a bordo (III)

© Ricardo Grobas

Anoche decidimos subir hasta Ézaro para reunirnos con el Élsinor, el Rustrillas, el Chuvias y el Waterproof, que nos llevan cuatro días de ventaja y vuelven de Camariñas.

Salimos a las 9:00. Viento del Norte moderado. Mayor y motor. A la altura de Lobeira Grande ha arreciado hasta los 23 nudos, y con las olas de proa el agua entraba hasta la bañera. Por el Norte también están entrando los que bajan de Camariñas. 
Con este viento, en la ensanada de Ézaro probamos distintos lugares para fondear y acabamos tomando una pequeña cala y reproduciendo la añorada estampa de todos los barcos abarloados. Igual que nosotros, nuestros catorce niños y niñas celebran el reencuentro con la pandilla y pasan el día a su aire. Dos cosas aprendimos el año pasado en nuestra particular Vuelta Náutica: que no hay hora para comer y que los niños se cuidan entre ellos. 
Por la noche, fondeo en Corcubión y copiosa y sabrosa cena en el Club Náutico.

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Edurne Baines
Soy periodista. Cofundadora y directora de la editorial Belagua. Trabajo en proyectos editoriales centrados en la comunicación turística de Galicia, y desarrollo tareas editoriales, de comunicación y de creación y gestión de contenidos para todo tipo de publicaciones. Soy navarra, vivo en Vigo y adoro Galicia.

Hay 2 comentarios

  1. Avatar Edurne dice:

    Gracias por tu comentario, Hal. Creo que a mí también me consuela Galicia.

  2. Avatar Hal_ dice:

    Las horas del comer, logicamente, no siempre son las de la hambruna, aunque don Marvin Harris diga a veces lo contrario. Tengo una pegajosa fijación con el comportamiento de nuestro cerebro una vez nos “toque” morirnos de hambre; él decidirá, día a día, qué órganos o extremidades o sentidos deberán dejarse de usar para que él subsista íntegro, dado que es el que todo lo rige. Pasados los días y la carencia de alimentos, le toca al cerebro mismo ir apagándose por partes (deliciosa “2001:una odisea del espacio” y el lento rigor mortis del Hal9000); antes de desfallecer, el cerebro del premuerto de hambre apenas sí se diferencia del de un reptil, dada la obscuridad biointelectual en la que el mismo órgano se ha zambullido.

    En cuanto a los niños y su capacidad para cuidarse, en fin, prefiero aquella otra tan suya y que tan bien suelen usar de descuidarse.

    Un nudo.

    P.d.: Yo no sé tú, pero yo, en Galicia, más que vivir, basicamente me consuelo. Y es que mis patrias son de lo más caprichosas, de lo más inverosímiles, de lo menos cartografiadas.
    Que tengas buen viento.

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